lunes, 16 de noviembre de 2020

Subida del Monte Carmelo. Libro 3. Capítulo 21. Los bienes temporales nos esclavizan. Dios es libertad.

 

19. De los daños que se le pueden seguir al alma de poner el gozo en los bienes temporales.

1a. Si los daños que al alma cercan por poner el afecto de la voluntad en los bienes temporales hubiésemos de decir, ni tinta ni papel bastaría, y el tiempo sería corto.

1b. Desde muy poco puede llegar a grandes males y destruir grandes bienes.

1c. Así como de una centella de fuego, si no se apaga, se pueden encender grandes fuegos que abrasen el mundo.

1d. Tienen raíz y origen en un daño privativo principal que hay en este gozo, que es apartarse de Dios.

1e. Allegándose a él el alma por la afección de la voluntad le nacen todos los bienes.

1f. Apartándose de él por esta afección de criatura dan en ella todos los daños y males.

2a. Este daño privativo tiene cuatro grados, uno peor que otro.

2b. Cuando el alma llegare al cuarto habrá llegado a todos los males y daños que se pueden decir en este caso.

2c. Deuteronomio 32, 15: Empáchose el amado y dio trancos hacia atrás. Empáchose, engrosóse y dilatóse. Dejó a Dios, su hacedor, y alejóse de Dios, su salud.

3a. El empacharse el alma que era amada antes que se empachara es engolfarse [meterse mucho en un negocio, dejarse llevar o arrebatar de un pensamiento o afecto, rae.es] en este gozo de criaturas.

3b. El primer grado es volver atrás; lo cual es un embotamiento de la mente acerca de Dios, que le oscurece los bienes de Dios, como la niebla oscurece el aire.

3c. Sabiduría 4, 12: El uso y juntura de la vanidad y burla oscurece los bienes, y la instancia del apetito trastorna y pervierte el sentido y juicio sin malicia.

3d. Aunque no haya malicia concebida en el entendimiento del alma, sólo la concupiscencia y gozo de éstas basta para hacer en ella este primer grado de este daño, que es el embotamiento de la mente y la oscuridad del juicio para entender la verdad y juzgar de cada cosa como es.

4a. No basta santidad y buen juicio que tenga el hombre para que no deje de caer en este daño.

4b. Éxodo 23, 8: No recibas dones, que hasta los prudentes ciegan.

4c. Y esto era hablando con los que habían de ser jueces.

4d. Mandó Dios al mismo Moisés que pusiese por jueces a los que aborreciesen la avaricia, porque no se les embotase con el gusto de las pasiones.

4e.  Éxodo 23, 8: “No aceptes soborno, porque el soborno ciega al perspicaz y falsea la causa del inocente”.

4f. Para defenderse uno perfectamente de la afección del amor, hase de sustentar en aborrecimiento, defendiéndose con el un contrario del otro.

4g. La causa por que el profeta Samuel fue siempre tan recto juez es porque nunca había recibido de alguno alguna dádiva.

4h. 1 Samuel 12, 3: “Aquí estoy. Declarad contra mí ante el Señor y ante su ungido. ¿A quién he tomado el buey o a quien el asno? ¿A quién he oprimido o a quien he hecho mal? ¿De quien he aceptado soborno para hacer la vista gorda a su caso? Yo os lo restituiré”.

5a. El segundo daño sale de este primero.

5b. Empachóse, engrosóse y dilatóse.

5c. Es dilatación de la voluntad ya con más libertad en las cosas temporales; la cual consiste en no se le dar ya tanto ni pensarse, ni temer ya tanto el gozarse y gustar de los bienes criados.

5d. Esto le nació de haber primero dado rienda al gozo.

5e. Esto trae consigo grandes daños: apartarse de las cosas de Dios y santos ejercicios y no gustar de ellos.

6a. Cuando es consumado quita al hombre los continuos ejercicios que tenía, y que toda su mente y codicia ande ya en lo secular.

6b. Los que están en este segundo grado, no solamente tienen oscuro el juicio y el entendimiento para conocer las verdades y la justicia, mas aún tienen ya mucha flojedad y tibieza y descuido en saberlo y obrarlo.

6c. Isaías 1, 23: Todos aman las dádivas y se dejan llevar de las retribuciones, y no juzgan al pupilo, y la causa de la viuda no llega a ellos para que de ella hagan caso.

6d. Se van más apartando de la justicia y virtudes, porque van más extendiendo la voluntad en la afección de las criaturas.

6e. La propiedad es gran tibieza en las cosas espirituales y cumplir muy mal con ellas, ejercitándolas más por cumplimiento o por fuerza, o por el uso que tienen en ellas, que por razón de amor.

7a. El tercer grado es dejar a Dios del todo, dejándose caer enpecados mortales por la codicia.

7b. Deuteronomio 32, 14: Dejó a Dios su hacedor.

7c. En este grado se contienen todos aquellos que de tal manera tienen las potencias del alma engolfadas en las cosas del mundo y riquezas y tratos, que no se dan nada por cumplir con lo que les obliga la ley de Dios; y tienen grande olvido y torpeza acerca de lo que toca a su salvación.

7d. Tanta más viveza y sutileza acerca de las cosas del mundo; tanto que los llama Cristo en el evangelio hijos de este siglo. Y dice de ellos.

7e. Lucas 16,8: Son más prudentes en sus tratos y agudos que los hijos de la luz en los suyos.

7f. Lucas 16, 8: “Y el amo alabó al administrador injusto, porque había actuado con astucia. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz”.

7g. Estos propiamente son los avarientos.

7h. Su apetito crece tanto más y su sed cuanto ellos están más apartados de la fuente que solamente los podía hartar, que es Dios.

7i. Jeremías 2, 13: Dejáronme a mí, que soy fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas rotas, que no pueden tener aguas.

7j. Porque en las criaturas no halla el avaro con qué apagar su sed, sino con que aumentarla.

7k. Estos son los que caen en mil maneras de pecados por amor de los bienes temporales, y son innumerables sus daños.

7l. Salmo 73 (72), 7: “De las carnes les rezuma la maldad, / el corazón les rebosa de malas ideas”.

8a. El cuarto grado se nota en lo último de nuestra autoridad, que dice: “Y alejóse de Dios, su salud”.

8b. Viene del tercer grado, porque, de no hacer caso de poner su corazón en la ley de Dios por causa de los bienes temporales, viene el alejarse mucho de Dios el alma del avaro, olvidándose de él como si no fuese su Dios.

8c. Ha hecho para sí dios del dinero y bienes temporales.

8d. Colosenses 3, 5: la avaricia es servidumbre de ídolos.

8f. Llega hasta olvidar a Dios y poner el corazón en el dinero, como si no tuviese otro Dios.

9a. De este cuarto grado son aquellos que no dudan de ordenar las cosas sobrenaturales a las temporales como a un Dios, como lo debían hacer al contrario, ordenándolas a ellas a Dios, si le tuvieran por su Dios.

9b. De éstos fue el inicuo Balam, que la gracia que Dios le había dado vendía.

9c. Números 22, 7: “Fueron los ancianos de Moab y los ancianos de Madián, con la paga del vaticinio en sus manos, y llegaron a donde estaba Balaán y le transmitieron las palabras de Balac”.

9d. Y también Simón Mago, que pensaba estimarse la gracia de Dios por el dinero queriéndola comprar.

9e. Hechos 8, 18-19: “Al ver Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles se confería el Espíritu, les ofreció dinero, diciendo: Dadme a mi también ese poder de forma que reciba el Espíritu Santo aquel a quien yo imponga las manos”.

9f. En lo cual estimaba en más el dinero, pues le parecía que había quien lo estimase en más dándole gracia por el dinero.

9g. De este cuarto grado en muchas maneras hay muchos a día de hoy, que allá por sus razones, oscurecidas con la codicia y las cosas espirituales, sirven al dinero y no a Dios, y se mueven por el dinero y no por Dios, poniendo delante el precio y no el divino valor y premio.

9h. Haciendo de muchas maneras el dinero su principal dios y fin, anteponiéndole el último fin, que es Dios.

10a. De este último grado son aquellos miserables que, estando tan enamorados de los bienes, los tienen tan por dios, que no dudan de sacrificarles sus vidas cuando ven que este su dios recibe alguna mengua temporal, desesperándose y dándose ellos la muerte (por miserables fines).

10b. Mostrando ellos mismos por sus manos el desdichado galardón que de tal dios se consigue, que, como no hay que esperar de él, da desesperación y muerte.

10c. A los que persiguen este último daño los hace morir viviend en penas de solicitud y otras muchas miserias.

10d. No dejando entrar alegría en su corazón y que no les luzca bien ninguno en la tierra.

10e. Pagando el tributo de su corazón en tanto que penan por él. 

10f. Eclesiastés: las riquezas están guardadas para el mal de su señor.

11a. Romanos 1, 28: “Y como no juzgaron conveniente prestar reconocimiento a Dios, los entregó Dios a su mente insensata, para que hicieran lo que no conviene”.

1b. Hasta estos daños trae el hombre el gozo cuando se pone en las posesiones últimamente.

11c. Hace volver al alma muy atrás en la vía de Dios.

11d. Salmo 48, 17-18: No temas cuando se enriqueciere el hombre, esto es, no le hayas envidia, pensando que lleva ventaja, porque, cuando acabare, no llevará nada, ni su gloria y gozo bajarán con él.

 

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