6a. Allende[1] de esta ordinaria satisfacción y paz, de tal manera suelen abrirse en el alma y dar olor de sí las flores de las virtudes de este huerto que decimos, que le parece al alma, y así es, estar llena de deleites de Dios.
6b. Aunque el alma está llena de virtudes en
perfección no siempre las están en acto gozando.
6c. Aunque de la paz y tranquilidad que le
causan se goza ordinariamente.
6d. Están en el alma en eta vida como flores
en cogollo, cerradas en el huerto.
6e. Las cuales algunas veces es cosa
admirable ver abrirse todas, causándolo el Espíritu santo, y dar de sí
admirable olor y fragancia en mucha variedad.
6f. Acaecerá que vea el alma en sí las flores
de las montañas que arriba dijimos, que son abundancia, grandeza y hermosura de
Dios.
6g. Ene estas entretejidos los lirios de los
valles nemorosos[2],
que son descanso, refrigerio y amparo.
6h. Luego allí entrepuestas las rosas
olorosas de las ínsulas extrañas, que decimos ser las extrañas noticias de
Dios.
6i. También embestirla el olor de las
azucenas de los ríos sonorosos, que decíamos era la grandeza de Dios, que
hinche toda el alma.
6j. Entretejido allí y enlazado el delicado
olor de jazmín del silbo de los aires amorosos, de que también dijimos gozaba
el alma en este estado.
6k. Ni más ni menos todas las virtudes y
dones que decíamos del conocimiento sosegado, y la callada música, y la soledad
sonora, y la sabrosa amorosa cena.
6l. Es de tal manera el gozar y sentir estas
flores juntas algunas veces el alma, que puede con harta verdad decir: Nuestro
lecho florido de cuevas de leones enlazado.
6m. ¡Dichosa el alma que en esta vida
mereciere gustar alguna vez el olor de estas flores divinas.

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