Capítulo 30. En que trata de las palabras interiores que formalmente se hacen al espíritu por vía sobrenatural. Avisa el daño que pueden hacer y la cautela necesaria para no ser engañados en ellas.
1a. El
segundo género de palabras interiores son palabras formales que algunas veces se
hacen al espíritu por vía sobrenatural sin medio de algún sentido, ahora
estando el espíritu recogido, ahora no.
1b. Formales:
formalmente al espíritu se las dice tercera persona, sin poner él nada en ello.
1c.
Diferentes a las que acabamos de decir: se hacen sin que el espíritu ponga de
su parte algo en ella; y acaécele a veces sin estar recogido, sino muy fuera de
aquello que se le dice.
2a.
Muchas veces son como conceptos en que se le dice algo.
2b. A
veces son una palabra, a veces dos o más, a veces son sucesivas, enseñando o
tratando algo con el alma, y todas sin que ponga nada de suyo el espíritu.
2c.
Daniel 9, 22: “Al llegar [el arcángel Gabriel], me habló así: Daniel, acabo de
salir para que comprendas”.
2d.
Dice que hablaba el ángel en él, lo cual era formal y sucesivamente razonando
en su espíritu y enseñándole.
3a. Estas
palabras, cuando no son más que formales, el efecto que hacen en el alma no es
mucho.
3b.
Ordinariamente solo para enseñar o dar luz en alguna cosa.
3c. Y
este cuando son de Dios, siempre le obran el alma, porque ponen el alma pronta
y clara en aquello que le manda o enseña.
3d.
Algunas veces no quitan al alma la repugnancia y dificultad, antes se la suelen
poner mayor, lo cual hace Dios para mayor enseñanza, humildad y bien del alma.
3e. Así
leemos en el Éxodo (3-4) que, cuando mandó Dios a Moisés que fuese al faraón y
librase al pueblo, tuvo tanta repugnancia, que fue menester mandárselo tres
veces y mostrarle señales, y, con todo eso, no aprovechaba, hasta que Dios le
dio por compañero a Aarón, que llevase parte de la hora.
4a. Al
contrario acaece cuando las palabras y comunicaciones son del demonio, que en
las cosas de más valer pone facilidad y prontitud, y en las bajas, repugnancia.
4b.
Aborrece Dios tanto el ver las almas inclinadas a mayorías, que cuando él se lo
manda y las pone en ellas no quiere que tenga prontitud y gana de mandar.
5a. De
todas estas palabras formales tan poco caso ha de hacer el alma como de las
otras sucesivas.
5b.
Demás de que ocuparía el espíritu de lo que no es legítimo y próximo para la
unión de Dios, que es fe, podría fácilmente ser engañada por el demonio.
5c. No
se ha de hacer lo que ellas dijeren, ni hacer caso de ellas, sea de bueno o de
mal espíritu.
5d. Se
han de manifestar al confesor maduro o persona discreta y sabia, para que dé
doctrina y vea lo que conviene en ella y dé su consejo, y se haya en ellas
resignada y negativamente.
5e. Y
si no fuere hallada la tal persona experta, más vale, no haciendo caso de las
tales palabras, no dar parte a nadie, porque fácilmente encontrará con algunas
personas que antes le destruyan el alma que la edifique.
5f. Las
almas no las ha de tratar cualquiera, pues es cosa de tanta importancia errar o
acertar en tan grave negocio.
6a. El
alma jamás dé su parecer, ni haga cosa ni la admita, de lo que aquellas
palabras dicen sin mucho acuerdo y consejo ajeno.
6b. En
esta materia acaecen engaños sutiles y extraños; tanto, que tengo para mí que
el alma que no fuere enemiga de tener las tales cosas, no podrá dejar de ser
engañada en muchas de ellas, o en poco o en mucho.
7. De
estos engaños y peligros y de la cautela para ellos está tratado en el capítulo
17, 18, 19 y 20 de este libro.
7b. Solo
digo que la principal doctrina es no hacer caso de ello en nada.

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